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la devolución (1) PDF Imprimir E-mail

 

Hace apenas unos meses, E., con quien convivo, irrumpió en casa con un ejemplar de mi novela El Retraso de los Mares, encontrado inesperadamente en el soportal del edificio: creía que podía haberse caído en algún (improbable) trasiego o que yo lo había depositado sobre el panel de los buzones para el correo postal, donde lo había encontrado. Con qué fin podía haber hecho yo esto último, era algo que se le escapaba a ella tanto como a mí. ¿Qué hacía aquel libro allí abajo?


La novela se publicó el 31 de diciembre de 1999 y tuvo una distribución ínfima, de manera que la mayoría de ejemplares que existen en circulación están en estanterías de amigos, ex novios y bibliotecas públicas. Las ventas fueron, en efecto, muy pocas y, en realidad, nadie con quien tenga un trato próximo compró el libro, por lo que cuando alguien me presenta o me habla de un ejemplar, he de interpretar que se lo di yo mismo.
Se añade a esto que vivo en un edificio muy pequeño: sólo hay cinco plantas y tan sólo una vivienda por planta. Somos además muy pocos vecinos: una pareja de amigos vive en el tercer piso, E. y yo lo hacemos en el cuarto y el primer piso se alquila ahora sólo eventualmente. Cómo había penetrado en el edificio el libro pudo pues esclarecerse muy pronto: había que tener en cuenta que (como averigüé enseguida) ninguno de los vecinos habíamos atendido al timbre durante la tarde; yo había llegado a las 16 h. a casa y no había visto libro alguno; cuatro horas más tarde, E. lo había encontrado. P., el vecino de abajo (amigo mío), me esclareció que no sólo él no había atendido tampoco a ningún timbrazo durante esas horas, sino que él mismo, al llegar sobre las 18 h. de vuelta del trabajo, había encontrado el libro metido literalmente por debajo de la puerta del edificio y había sido él quien lo había trasladado desconcertado al panel de los buzones.
De pronto estábamos hablando de un escritor al que le meten anónimamente su novela por debajo de la puerta del edificio en el que vive, lo cual tiene (aparentemente) poco que ver con el sistema de devolución librera, la verdad.
Previsiblemente, me pasé la noche en vela preguntándome qué podía haber ocurrido y, más aún, quién podía ser el autor de aquello. Sobre la mesita de noche conservaba el ejemplar: las guardas estaban atrozmente rozadas por la presión de la puerta y su umbral, pero no había ninguna marca, ningún pliegue distinguible en las páginas, nada que indicara que el libro había sido leído por nadie en concreto, ninguna dedicatoria de mi mano o de mano ajena. No había pista, pues, de su remitente. ¿Quién ha sido y por qué? me preguntaba. Cometí el error de entregarme a la conjetura de que, si conseguía alumbrar un porqué, hallaría el quién, como si el móvil de un crimen delatara necesariamente al criminal. El criminal.
Pero la necesidad (y urgencia) de descubrir una causa (un motivo, mejor dicho), no era tampoco la de dar rostro a aquél que se había tomado la molestia de intentar atrozmente embutir una novela de trescientas páginas en el estrecho resquicio de una puerta; no: la curiosidad se dirigía mayormente al gesto mismo; es decir: ¿qué motivo, móvil, razón, causa o impulso puede formalizar (un poco chapucilla) su satisfacción con un gesto así, con una devolución anónima y cutre? Sencillamente, no lo entendía. Quiero decir, en fin, ¿qué quería decir esa persona? ¿Métete tu libro donde te quepa? Puede, pero ¿quién hace eso? Había que encontrar, en torno al libro (pero me temo que al libro meramente en cuanto a objeto) un simbolismo más personal, menos evidente. Quizás ese libro significaba algo especial para el criminal. O quizás el criminal pensaba que la devolución del libro significaba algo especial para mí.
Quiero decir que es más previsible que alguien que desea deshacerse de un libro lo tire a la basura o lo regale. Pienso también que un rechazo por el libro se saldaría sobradamente hablando mal de éste o, mejor aún, no hablando de éste en absoluto. Así que todo apunta a cierto significado increíblemente personal e intenso. Como quien devuelve, despechado, un regalo.
Yo no soy mucho de regalar, esa es la verdad. No he sido materialmente pródigo. En cuanto al libro, es cierto que lo he regalado a mucha gente, a todo aquel que tuviera interés por conocerme un poco mejor. A veces como una advertencia. Cuando se lo he dado a un amante, siempre ha sido con una dedicatoria, así también con los amigos. La ausencia de dedicatoria en el libro, rescinde muchísimo el rango (la estofa) de sospechosos pero, paradójicamente, descarta precisamente a todos los tíos a los que podría atribuir (más o menos fácilmente) algún tipo de despecho o cualquier otra modalidad de revanchismo.
¿Quién diablos lo ha hecho? Tiene que ser alguien que sepa dónde vivo o que se haya tomado la molestia de averiguarlo; tiene que ser alguien para quien el libro signifique algo o piense que significa algo para mí; y, finalmente, tiene que ser alguien cuya plausible relación (intensa) con el libro o conmigo, me sea del todo retrospectivamente desapercibida. Así que el libro era más o menos una carta de amor firmada pero anónimamente devuelta y, de pronto, su devolución era algo infinitamente triste, intranquilizador, solemne y martirizantemente intrigante. La imagen de la devolución, en efecto, sólo podría trascender si, a su vez, se atacaba frontalmente su odioso anonimato.

Pasados unos días, con el libro todavía sobre la mesita de noche, pude pensar con mayor claridad y desprejuicio y cerrar una aproximativa lista de sospechosos y, por tanto, más o menos, de plausibles móviles y, es más, intencionalidades.
En primer lugar estaba A. C. Pero no me gustaba pensar en A. C., porque es dudoso que el libro signifique algo especial para ella, incluso aún es más dudoso que lo haya leído en toda su vida; para colmo, en su caso, la devolución quedaría desprovista de toda trascendencia poética, lo cual no conviene nada a esta trama que estoy desvelando. A. C. es, por el contrario, una amiga así de furtiva e imprevisible.
Conocí a A. C. hace quince o dieciséis, diecisiete años. Ella salía con mi amigo J., que es actor, al igual que ella era actriz. Años más tarde, tras prosperar en la simpatía mutua, tuve que enrolarla en algún proyecto teatral mío (seguramente fracasado) y puede que aquel momento le diera libro, sin dedicatoria, a modo de formalidad: si debía confiar en que yo sabía escribir, trescientas páginas encuadernadas debían tranquilizarla sobre mi supuesto talento. No creo que nunca leyera el libro: hojearía satisfactoriamente las solapas y poco más. Puede entonces que el libro haya ocupado insípidamente algún estante de su casa entre otros innumerables objetos sin sentido concreto. Puede, a su vez, que, en determinada intendencia, haya decidido deshacerse de ciertas cosas, y, como somos vecinos, antes de tirar el libro a un contenedor, haya dado en acercarse a mi casa (de camino al contenedor con otras cosas condenadas) y forjar a la vez esa devolución equitativamente artera y atenta pero, ante todo, anónima: la amabilidad de devolver un objeto antes de tirarlo pero abreviando (y mucho) toda explicación. El asunto sólo se entiende si se conoce un poco a A. C., aunque, claro está, alguien que obra así es difícil de conocer.
Pero ya digo que A. C. no me convence como sospechosa, más aún cuando el gesto de abordarla en la calle y preguntárselo parece ser lo menos literario que puede hacerse. Así que pienso una y otra vez en A. N. También pienso en X y en Y. Y en Z. Incógnitas incógnitas. A. N. sí que fue novio mío. X y Y son hombres cuyos nombres no recuerdo. Z es alguien todavía más desconocido, como me propongo explicar, aunque ha de tomarme algún tiempo dar con la concreción y exactitud que el esclarecimiento de este sinvivir exige. Paciencia.

 



* Más en in progress · Más en la devolución
Última actualización el Martes, 24 de Abril de 2018 09:17
 

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