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la devolución (5) PDF Imprimir E-mail

Si, por lo explicado anteriormente, tenía que suponerle a G. no menos que cierta reticencia a sentarse conmigo a departir el motivo por el que podría ser el autor de la devolución, tenía que encontrar algún modo de entrometerme en su actualidad (esta vez personalmente, descartando la connivencia de cualquier asistente) pero de un modo en que pudiera encontrarle lo suficientemente desprevenido como para despejar su culpabilidad sin pasar necesariamente por un desagradable careo. Si G. seguía comprometido con su escalada sexual, no me parecía descabellado proponerme como un candidato más a quien de buenas a primeras pudiera recibir en su casa con los pantalones en los tobillos. El mérito de que pudiera lograr hacer aquello anónimamente y sin suscitar su inmediata perspicacia (no ya hasta que tuviera los pantalones bajados sino, al menos, hasta que pudiera haber revisado su estantería) había de radicar en el azaroso ingenio que pudiera poner yo en esta variopinta seducción, ingenio que, modestia aparte y sólo en estas lides, dicho sea de paso, es mucho.

Desempolvé mi antiguo perfil en la página de contactos, seguro de que podía reencontrarle aún en los recodos de aquella navegación entre llanos maniacos sexuales, improbables príncipes azules y gente demasiado sola. Cómo se "desempolva" semejante avatar parecería cosa ardua, pero se reducía, bien mirado, a cambiar mis antiguas y candorosas fotos por otras sencillamente más guarras (explícitas) en las que no pudiera identificárseme pero tampoco cuestionar mi inequívoco atractivo. En las antiguas fotos, en las que mostraba la cara, había contado (seguramente) en aquello de que los ojos son el espejo del alma: ahora había de confiar en que algunos escorzos de mi menos pudorosa anatomía espejearan poca cosa pero tuvieran un efecto más rotundo que mi anodina jeta. Rematé el nuevo perfil con un sucinto aviso de disponibilidad sexual indiscriminada: poco escrutinio, nulo candor, una voracidad maniaca y miope, y un inspirado "voy a tu casa" que debía socavar hasta los más remilgados apetitos. Así me predispuse a ser todo oídos (ojos) a un sinfín de mensajes de desconocidos inmediatamente ansiosos de conocerme, achucharme, invitarme a café, dedicarme poemas, montarme, cubrirme, y hasta de ponerme piso en la periferia. Esperaba que G. me escribiera más pronto o más tarde, pero navegaba incansablemente tras la posibilidad de dar con su perfil y abordarle con la propuesta indeponible de un encuentro la mar de estimulante.
Hete aquí que un par de semanas más tarde me llegó un mensaje suyo: no sólo seguía en aquellas lides, sino que estaba interesado en conocer mejor mi turgente anatomía, más aún si pudiera ser al tacto y con no otro protocolo (mero trámite) de poder ponerme cara. Sin pestañear, me avecé a la busca de alguna fotografía plausible que poder adjuntarle en mi respuesta. Me decidí por el provocativo rostro de un actor porno en plena acción, fácilmente entresacable de la red con cuatro tecleos en un buscador. Confiaba en que G. no tuviera un conocimiento enciclopédico en aquel campo o no demasiada memoria visual. El actor había muerto convenientemente de sobredosis el año anterior y se había prodigado cinematográficamente poco; la fotografía estaba previsiblemente movida en un grado oportuno y la fisonomía de aquel talento truncado era suficientemente neutra (pero apetitosa) como para hacer pensar en un plausible "vecino de arriba". En fin, envié el mensaje (con un texto en el que alardeaba de un repertorio sexual convenientemente gimnástico, desprejuiciado y vandálico) y me enredé poco en la conjetura de lo iba a implicar una respuesta satisfactoria.
Tardó cuarenta y cinco segundos en contestarme, aportando al diálogo, de paso, el reporte de una disponibilidad casi ansiosa y unas fotografías que sólo venían a confirmarme la escasa personalización fisonómica que habitualmente parece intrínseca a los genitales masculinos. Perfecto: el asunto progresaba. Bastó entonces que yo contestara con una fogosidad convenientemente chusca y el esbozo de lo que había de ser una cita, preferiblemente inmediata y en su casa. Contestó (esta vez sin documentación fotográfica) con el mero reporte de su número de teléfono y de estar esperando ansiosamente mi llamada. Podía imaginarle con los pantalones por los tobillos.
Debido a mi naturaleza reflexiva, fue en este punto donde sentí que mi plan flaqueaba o que quedaba resumido a su faceta más vulnerable, esto es: ¿qué iba a hacer cuando, personado (con pantalones) en el umbral de su puerta, tuviera que desmentirle ya no aquel ardor apalabrado sino meramente mi identidad? Suponía que aquel desenmascaramiento iba a hacer poco por que me franqueara el paso a su casa, pero aún menos por que me concediera el debate en torno a si había sido él quien me había devuelto el libro. Imaginaba a aquel hombre abriéndome la puerta con los la bragueta abierta sólo para, a la más breve constatación, cerrármela (la puerta) en las narices. Antes de llamarle, pues, tuve a bien verificar (mentalmente) cómo estaba dispuesto a proceder para evitar semejante contrariedad: de hecho, yo no era en absoluto contrario a acostarme con él. Esa era la triste (pero tranquilizadora) verdad. Así que no tenía más que marcar aquel teléfono, confiar en que no reconociera mi voz (podía enronquecerla un poco, además) y hacer por presentarme en su casa. Sólo entonces tendría que afilar renovadas dotes de seducción para aprovechar su calentura y salvar una reticencia que debía anticipar triple: ya me había rechazado una vez; si había sido tan hostil como para devolverme el libro, debía serlo también para por segunda vez rechazarme; encontrar que yo le había dado gato por liebre, podía, finalmente, defraudar desastrosamente su libido.
Ponderé mucho todo esto y marqué nervioso el teléfono (lo había borrado de mi agenda en algún momento), predispuesto a engrosar la voz y también la puja zorrona de mis proposiciones. Contestó con un tono inmediatamente aterciopelado.
Hola, "straightXLnow", soy "aquímetienes", me identifiqué.
Tardó en entenderme: retener mi voz en una octava de ultratumba hacía estragos en mi dicción; pero cuando me identificó, soltó como un silbo ronco (insufriblemente convidante) y me dijo que nuestro encuentro corría mucha prisa y debía fraguarse aquella misma tarde, en su casa (me daba la dirección con el aviso de que costaba mucho aparcar), y con una exitabilidad aproximativa del (a ojo de buen cubero) noventa por ciento:
Lo vamos a pasar en grande, fue lo que dijo tras otro silbo ronco. Y añadió: Seremos tres.
La subsiguiente ronquera me salió perfectamente natural:
¿Tres más yo o tres en total?
Tres contándote a ti.
Pero, ¿nosotros tres y tú? ¿o tú, yo y otro?
Mi obtuosidad momentánea no pareció sino un estímulo, pues volvió a exhalar ronco:
Tú y yo y un amigo. No sé tú, pero yo tengo para todos.
Me admiró su generosidad fanfarrona. A continuación le dije que sería puntual y notablemente discreto y que allí estaría a la mencionada hora. Aparcar no iba a ser el mayor de mis problemas, puesto que iría en autobús.

No podía obviar la curiosidad abstracta que me provocaba aquel embrollo inminente. Aunque la satisfacción de mi libido (tibia) era un detalle tangencial al verdadero objeto de mis intenciones, pensé que la adición de un desconocido a aquel entente podía otorgarle, si no más posibilidades de éxito, la suficiente miga como para que G. pasara por alto el hecho apenas obviable de que yo no era yo. Seguramente ni mi libido ni yo mismo encontrábamos gran contrariedad en aquel sumando, pero no podía por menos que recalar en si aquello podía entorpecer el objetivo preeminente de mi penetración en aquella casa (¡!). Numerosos escrúpulos, reflexiones y ponderaciones surcaron mi mente pero, mejor que detallarlas aquí, podrían verificarse en lo que iba a ser el desarrollo de los hechos, en los que, misteriosamente, había de revelarse que todo aquel sofoco mental había quedado en lo que suele llamarse agua de borrajas.
Cubrí en autobús la distancia entre mi casa y el escenario del crimen perpetuamente repasándome la vestimenta (gran pero entretenida tontería, cuando iba a ser lo poco de mi persona no comprometido en el asunto), cuando en un abrir y cerrar de ojos me encontraba ante el portal de G. con un margen de error de un cuarto de hora y no más de tres portales. Estaba en efecto un poco abrumado por mi propia determinación. Me tranquilizó oír su voz presta al timbre y, como llegaba tarde, cuando la puerta chasqueó declarándome franco el paso, me figuré que el tercer elemento de nuestra reunión podía acaso haber sido más puntual y, por lo tanto, mientras yo esperaba el ascensor, se habían declarado arriba los prolegómenos de aquel experimento que todavía me era muy ajeno. No sabía si debía quitarme los pantalones en el mismo ascensor, pero me pareció un poco frívolo seguir atusándome el peinado ante el espejo que revestía una de sus paredes. Llegué arriba un poco corto de aliento y, más que con mis explicaciones preparadas, con la propiciatoria flema (postiza) que había de franquearme el paso al piso: pulí un poco el sesgo más incitador de mi sonrisa y procuré una mirada gruesa y ávida. A la posible estupefacción (y a sus reparos) de G. iba a oponer el hecho sustancial de que, aunque le hubiera mentido bellacamente, no por ello dejaba de ser un hombre perfectamente homosexual, ávido, frívolo y fogoso, por no recalar en la no menos favorecedora evidencia de que me encontraba allí y ya estaba perfectamente informado y de acuerdo con el inminente trajín. Con un poco de suerte, quizás sus afanes de multitudinario revolcón fueran mayores que sus escrúpulos.

Llamé al timbre, lo cual desencadenó tras la puerta algún trastabillar inmediato. En aquel punto aún ideaba quizás la peregrina ocurrencia de negar mi identidad e incluso la suya, esto es: que nos conociéramos. Inesperadamente no tuve que decir gran cosa, pues, a priori, no había a quién hacérselo (decirle): si bien la puerta se había deslizado declarando completamente franco el asalto del piso, no podía advertirse que hubiera persona alguna tras ella, así como tampoco certeramente otra entidad: había tanta oscuridad en aquel interior como penumbra en el rellano y a la apertura de la puerta sólo pude vislumbrar un fulgor sonrosado que escapaba muy furtivamente piso adentro.
Sólo me animó el hecho de que, en la atónita espera, la pobre luz del rellano dispersara un poco la cerrada sombra del interior, y de que se me hacía más provechoso adentrarme y cerrar convenientemente la puerta a mi espalda que quedarme a la luz en que mi confusión (y mi cara) podía ser fácilmente desenmascarada.
Ya adentro, acostumbrándoseme los ojos un tanto, intuí un recibidor angosto y entreví el filo de un mueble en la pared de delante, como el habitual taquillón que suele haber, en efecto, en las entradas, pero una silueta (personal) me recibía tras él, casi seguro vestida de cintura para arriba (como yo) y en una vacilación también muy parecida a la mía. Estuve a punto de declarar la voz, con algún susurrado saludo, cuando me di cuenta de que se trataba de mí mismo, esto es: del espejo que es fácil también encontrar sobre este tipo de muebles. Qué susto. El azogue devolvía, entre nebulosas sombras, mi reflejo sorprendido y quieto, hasta que tuve que acercarme, pues había un papel (con su rectangular claridad) prendido en el centro del espejo, captando en su superficie la poquísima luz que parecía escapar de una habitación con la puerta entornada. Revisé la nota y me intrigó el ingenio desnortado de alguien que deseara dar a conocer algo y diera en hacerlo en las peores condiciones lumínicas y de entendimiento: había algo escrito en el papel. Descendiendo mi nariz hasta su superficie e inclinado ésta de todos los modos posibles, de manera que reflejara un ápice suficiente de la luz desleída, me propuse descifrar lo que había manuscrito, no sin grave dificultad, hasta el punto de pensar que lo más razonable había de ser buscar el interruptor de la luz y accionarlo. Que el sentido común me lo impidiera, era un adelanto de que había comprendido por fin que precisamente iba a ser aquella atosigante penumbra lo que otorgara alguna posibilidad a mis intenciones (sexuales y no sexuales) en aquel piso. La nota, aproximativamente, decía: Pepa la nopa aguí, es ramos en el clorunlorio, lo que me avisaba meridianamente de que me desnudara y me introdujera en la única habitación tras cuya puerta se oía exactamente fragor. Fragor.
Al devolver la nota al espejo, me estremeció el sentido de lo que estaba haciendo (volver a pegar la nota), pues parecía que no se me hiciera dudosa la idea de que hubiera de servir a posteriores e incógnitos invitados (¿en número de cuantos?) que hubieran de sumarse a la reunión con el mero trajín de corretear descalzo a descerrajar la puerta. Mi indecisión no posponía sino otra: desnudarme o no desnudarme. Como lo primero era al menos hacer algo, cuando lo segundo era, por contra, no hacer nada en absoluto, y algo tenía que hacer, pues así se me pedía, pensé que no añadía tampoco gran cosa al embrollo quedándome en calzoncillos y en calcetines (calor no hacía) ni alejaba tampoco mi probabilidad de éxito, obrando sólo en menoscabo de la posibilidad fortuita de salir corriendo (dignamente) en el caso de que la penumbra de aquel dormitorio no se bastara para resguardar mi anonimato.
De esta guisa y arrimado a la puerta por la que escapaban los ecos (un raro ronroneo y algún gemido ronco) del fragor, aún me vi indeciso en mi doble curiosidad: apenas enfocado el pasillo, a la luz que asimismo escapaba de adentro, descubrí dos estanterías que pude verificar al tacto repletas de libros. Se me hacía muy sencillamente aconsejable regresar a mis pantalones, hacerme con mi teléfono móvil y tener así alguna linterna de la que servirme para alumbrar aquellos lomos: si podía discernir precozmente mi libro, todo mi sentido técnico del asunto resolvía devolver mi anatomía a su normal pudor y salir de allí sin despedirme para olvidar el asunto. Pero temí demorarme demasiado y levantar sospechas entre aquellos que me esperaban tras la puerta y que poca idea podía hacerse de en qué podía andar ocupado. Así, digo, empujé tenuemente la puerta, lo justo para hacerme una idea de a cuánta luz iba a exponerme y hacer, a la vez, gala de un personamiento medidamente lento y progresivo. Cuando hubiera podido decir "aquí estoy", me di cuenta de que la poca luz me favorecía lo mismo que ocultaba el detalle de las dos siluetas enzarzadas en la cama. Por lo pronto, tampoco podía decir que hubieran percibido mi entrada. Así que me quedé allí plantado viendo el modo de cómo operar o cómo zambullirme en el grueso de aquel abrazo penumbroso en el que sólo por encima cuadraban al recuento el número de miembros (componentes), miembros (extremidades) y miembros.
En ese momento, confluía en mi cabeza una idea somera de cómo era aquel piso (los muebles parecían los del típico piso vetusto alquilado sin reamueblar), la poca cautela con que medía G. sus encuentros y, en general, una noción tensa de toda aquella situación así como del desquite que prometía sobre aquellas sábanas. Quiero decir que tenía una idea demasiado desdibujada de cómo era G., qué tenía que ver verdaderamente conmigo y si realmente me importaba que hubiera hallado un modo poco habitual de devolverme un libro o no. Era como si hubiera ido demasiado lejos en una averiguación ferragosa de por sí, demasiado retorcida para brindar una pesquisa verdaderamente clarificadora porque, si subía al trapo a aquella cama, ¿iba a estar más cerca de averiguar el destino del regalo que le había hecho? El sentido común me decía que no, al que sólo podía contemporizar el detalle nimio de una furtiva exacerbación sexual increíblemente enajenada.
Para remate, noté mi corazón acelerarse con una emoción desconcertantemente infantil: una vez bien discernido el tentador bulto de los dos hombres, mi vacilación ante la cama se parecía mucho a aquel momento en que, de niño en una plaza o en el patio del colegio, uno no sabía nunca cuándo oportunamente irrumpir en el torbellino supersónico de la comba que las niñas más altas batían con una atosigante cantinela y creciente impaciencia, a medida que la velocidad mortífera de aquella cuerda invisible hacía plausible la idea de que te sajara o la cabeza o los pies. Daba vértigo y la cola que uno formaba tras de sí acababa por ser onerosa, con toda la chiquillería aunada en señalar al indeciso y cobarde. Lamenté que me acudiera a la cabeza semejante recuerdo, estando al borde de unos prolegómenos sexuales a tres bandas, aunque en realidad no podía haber nada tan providencialmente gay en acuerdo a lo que se esperaba de mí sobre aquél colchón.
A punto estaba de lanzarme a bulto, cuando, para colmo, algún movimiento (quizás una invitación por fin declarada) de los amantes en algo tuvo que revelar un tanto mejor cuanto a la proyección de la tenue lámpara velaban, pues vi que había allí otro par de estanterías, de tipo rastrero, que confluían en la esquina opuesta a la puerta. La profusión de lo que entreveía como novelas (gruesas), me daba la idea de que el apetito carnal de G. no contradecía una voracidad bibliófila, asentando mejor la plausibilidad de aquella relación intensa que yo había querido atribuirle con mi novela, que todavía me resultaba imposible distinguir en aquellos borrosos anaqueles. Lo poco que concluí, sin embargo, no fue otra cosa que, si había venido a buscar mi libro, aquella cama no era mal cuartel desde el que hacerlo, y sólo después me manifesté, hincando las rodillas en el colchón, sobre el ring de aquel combate. Lo primero que pensé fue, si embargo, algo de este calibre: ¿cómo puede ser que esta gente tenga unas camas tan buenas y yo siga durmiendo en una porquería de colchón de hace catorce años? Con este acicate, propendía al resarcimiento y a lo que iba a ser la lucha cuerpo a cuerpo.
Hubo primero palpaciones tan penumbrosas como inseguras, no por ello poco estimulantes. El hecho de ser tres, no hacía sino desdibujar el bulto confuso de los afanes, llenándolos de imprecisión. Me despistaba, además, de otro imponderable: debía identificar a G. y su ánimo concreto: quedando claro que no me reconocía ni al tacto (ni al olor, ni a la significancia de seguir en calcetines), era extraño resarcirme de su rechazo de otrora y, en cuanto en aquel momento me hubiera figurado lo que había de ser besarle, tocarle y ostentosamente tenerle encima, la resolución de tal fantasía deslucía con la terca intromisión de nuestro tercero en disputa. El caso es que ellos parecían tener una habituación a estas lides mejor acordada, pues pronto quedé excluido de los prometedores prolegómenos: entre fintas, disparejos impulsos, torsiones, palpaciones inconcretas y hasta algún coscorrón, deduje muy pronto que las fotos que yo había presentado en el perfil y alguna impensable letra pequeña en mis explícitos mensajes, les había dado una idea cerrilmente sesgada de mis prestaciones anatómicas, reduciéndome con amabilidad nula a un repertorio tosco y, a poco, llanamente aburrido, que menoscabó enseguida mi sed y mi apetito y deslució el confort que hallaba al roce de tanta piel que me rodeaba. En fin, salvo determinado beso de G., ansioso y distinguible, me encontraba en lo que parecía un ensayo de una película porno llevado con desmayada batuta (bueno, tres batutas parejamente desmayadas), orquestado todo con resuellos sin ángel y rutinarios gemidos.
Providencialmente, no debía ser el único en encontrar el trajín carente de intensidad verdadera, puesto que, como quien no quiere la cosa, G. se apartó y estiró el brazo hacia el cajón de una vetusta mesita de noche, con la impagable noticia de que necesitábamos el apoyo logístico de lo que acabó exhibiendo: un pequeño frasco con un líquido, un intimidante aparatito de forma ahusada y un indistinguible embrollo de lo que parecían cinchas, bridas o ropa demasiado pequeña. La adición de este atrezzo no vino sino a entretenernos mucho, más que a añadir aliciente alguno a nuestro fragor. Parecía que íbamos entre los tres a montar un mueble, esto sin decir ni mu y con el pretendido sostenimiento de una pasión ya muy deslavazada. Cuando G. dio en atacarme traseramente con lo más inequívoco de aquella utilería, me zafé con espontáneo remilgo: a estas alturas ya no esperaba que el confuso juego no hiciera impropio que me levantara y husmeara en las estanterías con el pretexto de recabar algún manual aclaratorio.
Entonces, en aquella cerrada penumbra vagamente sudorosa, se manifestó la voz de G., que identifiqué meridianamente:
Esto es un asco, dijo.
Debí calcular lo que había de seguir a este irrefutable manifiesto y tomar alguna precaución (o al menos volver a subirme los calzoncillos o ponérmelos en la cara), pues lo siguiente que hizo fue encender la luz del dormitorio en un visto y no visto (en un no visto y luego visto, mejor dicho, pues, si bien no pudimos ver su ademán concreto, pronto se aclaró en el doquier del dormitorio la impagable escena de tres tíos malcarados y sin ropa bajo una luz inclemente).


En cuanto se nos acostumbraron los ojos, el pasmo de G. al reconocerme tomó forma en su boca a modo de ovación congelada. Sabiendo que tardaría en reaccionar, aproveché para subirme los calzoncillos y echar un vistazo a nuestro incógnito partenaire, cuyas destrezas y carnes habían sido meras sugerencias apenas personalizadas. Era un hombre de cara lustrosa y aire insípido, profesor de literatura (como luego se sabría), de hombros romos y muslos exiguos. Incluso desnudo, exhibía una rara aura de general desaliño o descuido, como si hubiera saltado sin transición del aire monacal de su departamento académico a este encuentro menos docto (me pregunté si ahora G. que se acostaba con determinado tipo de gente). En cuanto a G., que me miraba atónito, sólo pude concretar la corrientucha apostura que ya le presuponía y aquella parte de su anatomía que, pese a haber podido constatarla al tacto, acaudalaba bastante aún de mi curiosidad y seguramente de mi simpatía.
¿Qué haces tú aquí?, gruñó.
Sonreí plúmbeo por todo argumento. Tuve la suerte de que la incomodidad irresoluta del profesor de literatura se manifestara primero:
Uy, este chico es escritor. El de El Retorno de los Mares.
El Retraso de los Mares, puntualicé.
Eso.
Pese a la tensión inherente (la lustrosa utilería seguía sobre la cama), y mi (halagado) pasmo, el hombre encontró la entereza con que explicar que, más por sus propias ínfulas escritoras que por su trabajo docente, había seguido erráticamente la trayectoria de cuatro o cinco desconcertantes autores que no habían llegado a nada, hallando en ello quizás estímulo para sus propias tentativas de publicación. Explicado esto, me sonrió gremialmente, sin que el hecho de estar todos (más o menos) en pelota picada le disuadiera de los matices tertulianos de sus primeros asertos:
El Retrasado de los Mares, vaya, vaya, concluyó.
Volví a corregirle y pude después prestar atención plena a la cólera de G. Había abandonado el lecho y deambulaba de parte a parte (escueta) de la habitación, resoplando contrariado y sin concederme otra limosna que otro par de vistazos asqueados. Finalmente, sacó un cigarrillo del paquete que había sobre la mesa y lo prendió para exhalar un humo terco y alusivo. El otro hombre vino también a saltar de la cama, pero para sentarse en una butaca almohadillada con ropa arrugada, esperando sensato a la resolución del asunto que le concernía poco; abanicaba el aire con una mano (el humo del cigarrillo le parecía demasiado malhechor en aquella escena la mar de respetable).
¡Es que no entiendo que haces tú aquí!, bramó G. por fin, señalándome vagamente.
En el apuro de poder ahorrarme demasiadas explicaciones, yo trataba de aprovechar la mejor iluminación y la vista franca de los estantes, en busca del lomo de mi libro. Sin embargo, me era difícil esquivar ya no sólo el encono de G. sino la poca consistencia de aquella escena.
Tengo interés en saber si conservas el libro que te di, y no había manera de entrar en tu casa.
La mueca torcida de G. me dio a entender que, pese a lo mucho y diverso que podrían contar aquellas cuatro paredes si hablaran, mi revelación iba a pasar al primer puesto del ranking de originalidades.
¿Cómo que si conservo tu libro? ¡Me has tomado el pelo y te has metido en mi casa!
También había hecho una prospección acaso más penetrativa de su anatomía, pero me alivió que no hiciera mención de ella.
Esto es una cosa del ego de los escritores, medió con original serenidad el profesor de literatura, tamborileando con los dedos en el brazo de la butaca. Con las piernas separadas, el pene le pendía de un nido hirsuto particularmente nuboso, lo cual no desdecía su tonillo ejemplarmente didáctico.
Pero, ¿Cómo se te ocurre...?, se exaltaba G. En este punto, repasamos con desordenado pulso el conjunto de encuentros (desencuentros) que yo quería establecer como precedentes de este fortuito desenlace, aunque G. no terminaba de convenir sino con otra secuencia de bramidos. A la mención del encuentro en el teatro, el profesor de literatura tuvo a bien rascarse el pubis y contemporizar:
No pude ver la obra, me dijeron que era una patata.
G. bramó entonces: ¿Y qué diablos te importa a ti si guardo el libro o no lo guardo? ¡Menuda tontería!
Y en esta retórica quise ver la pista radical que me acercaba a la averiguación que me había arrojado a este impagable embrollo: G. estaba obligado a desenmascararse. O me enseñaba el libro o podría señalarle como el autor de la devolución, pues el tono de su indignación era llamativamente intenso. Providencialmente, el profesor de historia estaba más o menos de acuerdo:
¿No es más fácil que le enseñes el libro de los cojones, si lo tienes, y entonces podemos seguir? Tengo que corregir exámenes.
Yo tenía poca fe, la verdad, en la reconducción erótica de la situación (también ya poco interés): al hilo de la acritud de G. sólo podía confiar en que, de convenir a enseñarme el libro, fuera estampándomelo en plena cara, y, de no convenir a hacerlo, no buscar sino recrudecer mi intriga. Pero la casualidad quiso entonces que, en aquel vacío argumental imperdonable, destellara en uno de los anaqueles de las estanterías el lomo perfectamente distinguible de mi novela. Fue una constatación reptil, que no me mereció mención ninguna. Allí estaba, perfectamente distinguible, a los pies descalzos de G., por mucho que él pretendiera revestir de celo su enconada ofensión. Allí estaba el libro y por fin ya no tenía ninguna importancia el método imperdonable que me había llevado a esta constatación ni tampoco el hecho de que tres homosexuales tertuliaran imperdonablemente fláccidos y desnudos en aquella habitación espantosa.
Tienes el libro ahí, señalé triunfal.
G. blandió los brazos en alto en muestra de desbordamiento.
¿Y qué?
¡Lo conservas!, dije.
¡Pues ya puedes estar contento!, convino con un gruñido.
¿Y si nos bajamos a cenar?, contemporizó inesperadamente el profesor de literatura. Me ha entrado hambre. Yo invito. Aquí ya no vamos a hacer nada, ¿no?
Espero apenas apreciación en nuestros rostros diversamente tensos y añadió:
No lo quería decir, pero tengo un picor de pubis que me estaba matando todo el rato.
Dejó en el aire las posibles implicaciones de esta nueva y, abandonando la butaca,
pareciendo encontrar por fin un poco indebida su desnudez, se entregó moroso a rebuscar sus ropas en el bulto disperso depositado en la butaca. Yo tenía mi ropa en el recibidor. En cuanto a G., pareció momentáneamente absorto en una meditación probablemente estéril, pero a poco también pareció interesado en vestirse.
En el ascensor, el profesor de literatura canturreaba impreciso. Ya en la calle, mencionó un bar concreto que se hallaba a dos manzanas y deslizó unas loas (doctas y fundamentadas) sobre el menú que servían. Insípidamente, mientras caminábamos abrigados, G., que no me dirigía la palabra, me echó un significativo vistazo como aquel que manifiesta: no tienes remedio.
Y yo pensé vagamente en la idoneidad de preguntarle, una vez hubiéramos picado algo, si quería que después volviéramos a subir para escribirle una dedicatoria en el libro.

 



* Más en in progress · Más en la devolución
Última actualización el Martes, 03 de Julio de 2018 10:29
 

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