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la devolución (4) PDF Imprimir E-mail

En difícil consenso, y tras arduas negociaciones, con mi propio sentido del ridículo, decidí abandonar por un tiempo aquellas técnicas de indagación (intrusistas) y me recluí en mayor medida en mis privadas elucubraciones, echando mano apenas de peregrinas llamadas telefónicas y el martirio progresivo de mis habituales confidentes, todo eso también inútil. En una de esas charlas que mis amigos seguían como un documental sobre animales (parecía todo versar simplemente sobre las costumbres migratorias de mi desorientado sentido común), alguien me sugirió que volviera a centrarme en los primeros sospechosos; esto es (y descartado A. N.), en las personas (ya mencionadas) de X., Y, y Z., pudiendo además darle a X. el nombre más certero de G., al caer, tras una ardua rememoración, en que recordaba sobre él más de lo que me temía y específicamente la circunstancia en que pude darle el libro.

Había que remontarse un par de años atrás, cuando yo todavía ofrecía la novela con cierta relevancia y candor, no sabiendo todavía que era un gesto que podía caer en saco roto o, mejor dicho, en una vulgar bolsa de basura.
Conocí a G. fortuitamente en un chat en el que yo pretendía, si bien no encontrar novio, ampliar con poco escrutinio la posibilidades de hacerme con uno. Me incliné por su perfil al tener que abrumarme (en los mensajes que intercambiábamos) por su inexplicable solvencia ortográfica, que no me enviara fotos guarras a la primera de cambio y que pareciera proclive a una cita más o menos prometedora. En paralelo, mi itinerario a trompicones por aquella página de contactos, estaba hitada por encontronazos hostiles (telemáticos) con hombres de dudosa estofa, admirablemente propensos a una procacidad apenas estructurada y basada en proposiciones al tuntún en aliento de citas que habían de producirse, sí o sí, directamente a cuatro patas.
G. era sencillamente distinto. Nos dejamos embaucar mutuamente por una paulatina intimación, contándonos más o menos nuestra vida (publicable), y sincerando una serie de sentimientos (rápidos e inventados) que había de predisponernos a un acordado cara a cara. Cuando por fin crucé la puerta de la cafetería en la que por primera vez iba a verle en carne y hueso, yo llevaba un ejemplar de la novela en mi cartera. ¿Por qué? Quizás, en pulimento de mi persona, había mencionado este sugerente hito curricular que me hacía más presentable y él se había manifestado ser un lector pasablemente ávido. Así que yo iba a ofrecerle el libro como diciendo: "Aquí tienes un motivo para tomarme por interesante". Había que agradecer al hado que no yo hubiera sido tocado por el talento musical ni me hubiera inclinado por el chelo. Presentarme con el bulto enfundado del instrumento en aquella cafetería, con ánimo de deleitarle con unos arpegios hubiera tenido un efecto quizás confuso. G. era profesor de cálculo computacional y yo no esperaba que encontrara, en la charla común de la primera cita, la posibilidad de contraataque.
En fin, por fin nos conocíamos: yo, plausiblemente ansioso; él, educadamente reticente, pues había mencionado al final sólo condescender a la cita entre una cosa y otra, agobiado por una apretada agenda y sus muchas responsabilidades docentes. Sin embargo, la conversación se desarrolló con una amabilidad cabal (yo tomé cuatro copas de vino y él dos cervezas). En determinado momento particularmente prometedor (él parecía escucharme), saqué el libro y se lo tendí con aquella presunción de regalo cautivo, aterciopelado y solemne. Él pareció abrumado, me dijo que lo leería y lo apartó a un ángulo particularmente desfavorecido de la mesa, lo que me disuadió de forzar el habitual protocolo de firmarle una dedicatoria. A continuación, aupado en el supuesto golpe de efecto (y acabada la cuarta copa de vino), una necesaria desinhibición me empujó al sondeo del método plausible por el que de aquella ejemplar tertulia pudiéramos pasar directamente al achuchón: el vino me había hecho relativizar mucho menos su encanto (sólo borroso) tanto como mis propias dotes de seducción (sólo supuestas). A mis primeras señales, respondió un poco socarrón, lo que no vino a ayudar mucho. Me intrigó espontáneamente, pues, cual podría haber sido entonces el objeto ya no de esta cita sino de las prolijas conversaciones telemáticas en las que nos habíamos atrevido a proponernos casi, si no como almas gemelas, como ejemplares partenaires de alcoba.
No quiero acostarme contigo, me dijo.
Encajé aquella zancadilla dialéctica con pasable prestancia y me quedé considerando los filos contundentes de aquel ejemplar de la novela apartado en la mesa. Incapaz de devolver mi ceño a su normal tersura, me atreví a preguntarle:
¿Por qué? ¿No te gusto?
No me malinterpretes, me dijo (supongo que, en realidad, contaba con no ser objetivamente malinterpretable), pero no eres el tipo de persona con la que me acuesto, y señaló con la barbilla el ejemplar del libro.
¿Y con quién sí que te acuestas?, me interesé.
Con otro tipo de gente.
¿Con mucha?
Se le escapó una sonrisa de lúbrica suficiencia y pestañeó bellaco, dejando en esto su capacidad de confidencia. Sólo convino a explicarme:
Esto de los contactos funciona así: te pones cachondo con las fotos, quedas y pim-pam: a follar como descosidos, no hace falta ni saber el nombre.
Mi condescendiente sonrisa estaba ahora tan tensa que, de querer tomar más vino, tendría que haberlo hecho por vía parenteral.
Y tú y yo ya sabemos demasiado el uno del otro, y eso no me da ningún morbo. Es otra cosa.
Me sentí tan fortuitamente ilustrado en el particular como decepcionado en el meollo de estas lides. Sólo pude decir:
Me estás diciendo que te acuestas más o menos con cualquiera.
Volvió a sonreír socarrón y convino:
Sí.
Más que menos, quise cerciorarme.
Sí.
Con mucha gente.
Bastante.
En efecto (y en eso debía resumirse aquel "saber demasiado el uno del otro") me había contado que había salido bastante meses atrás de un noviazgo intenso y duradero y finalmente cochambroso, y que preveía dedicar los siguientes años a resarcirse de la obligada monogamia de la relación de pareja. A mi no me parecía ni bien ni mal, pero no era grato sentirme excluido de aquella propensión tan democrática.
Bueno, pues entonces tienes que acostarte también conmigo, le dije, afinando mis vagas nociones de lógica, al más puro: Sócrates es griego; todos los griegos están en el paro, ergo Sócrates está en el paro, aunque quería indicar que los filósofos griegos eran en general homosexuales y, aunque yo no era filósofo y apenas griego, era seguro que todos los homosexuales griegos se acostaban más o menos con alguien.
No voy a acostarme contigo porque tú eres distinto.
Falto de argumentos, me quedé mirando melancólicamente el libro en aquel rincón de la mesa.

No tuve más contacto con G., lo cual, pese a que el libro quedó en sus manos, hacía poco plausible auparle en la lista de sospechosos de la devolución. Pero he aquí una serie de prolijas coincidencias (desatendidas) que, a posteriori, situaron al promiscuo bajo la difusa estela de lo que venía siendo la vida (modesta) del libro y su trayectoria.
Más de un año después, un extraño acontecimiento vino a inquietarme con el concurso material del libro, el reencuentro inesperado de G. y otra malhadada cuestión de la que sólo yo parezco responsable: la mala pata. La circunstancia la servía otra malhadada propensión mía: estrenar obras de teatro. Mi faceta como autor narrativo estaba desplazada por (digámoslo ya) la tibia acogida de mi primera tentativa, y en lo años que había seguido a la publicación, había escrito teatro infinitamente e incluso me había enrolado en los peregrinos estímulos de la auto-producción teatral. Algunas de aquellas obras me habían reportado bastantes gratificaciones pero, más certeramente, muchos quebraderos de cabeza. En el momento que menciono, una obra mía se estrenaba en una sala alternativa y, lejos de permitirme saborear las mieles (supuestas) del acontecimiento arrellanado en un butaca con una (derrochadora) sonrisa de satisfacción, yo ultimaba un embrollo de cables eléctricos imprescindibles para el desarrollo de aquello que tendría lugar una vez se alzara el telón (bueno, telón no había), pues la logística de mi compañía había quedado en el contubernio esforzado entre yo, la icomparable E. (mi amiga del alma) y mi elenco de meritorias actrices, tan hechas a la paradoja de, si bien no había manera de conseguir el pomposo cartel de "agotadas las entradas", bien podía agotarse ellas mismas durante aquella hora y media encima del gélido escenario.
Estaba terminando de embrollar los cables cuando la mediana concurrencia al espectáculo se agolpaba (desahogadamente) en el ámbito de la taquilla, lo que me era visible de nervioso reojo. Fue entonces cuando descubrí a G., presencia que juzgué del todo casual, dado que no había otra posible justificación para que alguien se molestara en pagar una entrada para asistir a un espectáculo de mi factura. Tampoco le di mucha importancia, a decir verdad. El espectáculo tuvo lugar, con su acostumbrada inyección de nervios, emoción, falibilidad técnica y el terminante alivio de los finales aplausos. Privado corrientemente también de las mieles del epílogo (toda tentativa por recibir las loas y parabienes de los espectadores más entusiastas venía sustituida por el imperativo de desmontar el escenario a toda pastilla, recoger el atrezo, desembrollar cables, y meterlo todo en una furgoneta), circulé apresurado de los camerinos al escenario en asistencia de las actrices, entre algún rifirrafe menor con el propietario de la sala y los deberes intrínsecos a nuestra disparatada logística de compañía en gira. En determinado momento, en el ámbito de la taquilla, que franqueaba el paso a los camerinos, topé inesperadamente con G. predispuesto al saludo. Me impedía modestamente el paso y me sonreía frontal. Me detuve ante él con el significativo matiz de "estoy muy ocupado y no tengo ganas de recalar en la remembranza de un flirt frustrado y vergonzoso, aunque hayas pagado la entrada". Pero apenas ralenticé mi atribulación, y tras vislumbrar entretenido las huellas de una plausible extenuación sexual en sus ojeras, vi que traía, ni más ni menos, el ejemplar de la novela entre las manos. Y que parecía de vital importancia que así fuera.

Sostenía el libro, sonreía y me miraba con aquel poco sentido del contexto. Su ademán quedaba a medio camino entre tenderme el libro y sencillamente presentarlo. La noción que me había fraguado de él, con el paso del tiempo, se veía un poco contradicha porque sus manos no sostuvieran otra cosa menos ínclita (o un par) y, es más, que hubiera robado tiempo a sus ajetreos nada menos que para venir a ver una obra de teatro explícitamente mía y a presentarme el libro no menos explícitamente.
Mi perspicacia me sirvió al tuntún la agilidad con que concluir que el azar, durante este tiempo, le había permitido enterarse de que yo estrenaba teatro y que no era difícil encontrarme para, con cierta deferencia halagadora, presentarme el libro a firmar, recabando la rúbrica (pero sólo la caligráfica) que quizás había faltado en nuestro primer y único encuentro. Ponderé juiciosamente si esta segunda oportunidad bastaba para desvanecer mi retrospectivo rencor y, mayoritariamente, si acercaba más la posibilidad de irnos a la cama. Juzgué esto segundo peregrino y me lo dejé allí plantado, balbuciendo apenas un "hola" y sonriendo despectivo. Supongo que hice mal, o, es más, que ni siquiera hice nada, situándonos en una laguna argumental imperdonable.
Pero no sé qué efecto pudo tener en él mi furtivo (cobarde) desdén, como igualmente se me escapaba qué relación (sutil, lánguida) había podido ir fomentándose entre G. y el libro, es decir, entre él y mi persona más o menos pública. Desde esta sincera inopia, y puestos a conjeturar, quise ver en su visita al teatro algo así como el punto álgido de algún tipo de callado reconocimiento o apreciación o, cuanto menos, de un despliegue de lo que podía ser el izamiento de una bandera blanca de prometedoras implicaciones (lamentablemente no sexuales) que, en realidad, venía demasiado rezagada. Lo que sí sé es la noticia completa de su grado de desconcierto, cuando salí más o menos por piernas al encontrármelo con el libro entre las manos: se quedó en medio de toda aquella gente, haciéndose pasable cargo del repugnante carácter que los autores de teatro lucimos como un decente estigma.

Como no sé qué le había pasado a G. desde que le di el libro (desde nuestra frustrante cita) hasta su visita al teatro, tampoco puedo saber cómo ha evolucionado su relación intelectual con éste desde este segundo encuentro hasta ahora. Me intriga bastante más cómo habrá progresado su escalada de depredación sexual, por si esta hubiera alcanzado a la general población pero más determinadamente a mis propios novios, amantes, familiares, amigos y hasta a mis mascotas. Pero hay algo que, a la aparición del libro bajo la puerta de mi casa, ha completado el cariz de su cara de pocos amigos aquel día en el teatro cuando me lo dejé con la palabra en la boca. Pienso en una especie de subterránea devoción de pronto decepcionada. Como una instancia menor de un filia muy minorable, pero al fin y al cabo decepcionada. Quizás se haya enterado con el tiempo de dónde vivo y quizás haya revisado un día su estantería con fortuito desdén, y quizás haya vuelto a saber de mi penosa y desatenta labor literaria, y el concurso de todas estas cosas le haya llevado a fraguar el gesto completamente desdeñoso de embutirme la novela por debajo de la puerta, como rúbrica a no otra cosa que un sostenido fastidio fácilmente solventable. No doy, por tanto, demasiada importancia a la intensidad de su motivación, ni al significado de ese posible gesto, puesto que su modus operandi sería gratuitamente original y poco más. Hay otra cosa a la que, como se hace previsible, sí que me veo obligado a conferir una importancia radical: saber de una puñetera vez si ha sido él.
Y, precisamente, cómo caí en arreglármelas para descartarle de la lista de sospechosos, es lo que en adelante me propongo contar.

 



* Más en in progress · Más en la devolución
Última actualización el Lunes, 04 de Junio de 2018 10:19
 

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