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la devolución (3) PDF Imprimir E-mail

¿Y cómo quieres que me presente en su casa?, me preguntó S. disparando las cejas hacia el techo.
Necesito saber si ha sido él, zanjé con esa afonía con que se menciona un imponderable (tan radicalmente personal como imaginario).
¿Estás loco?, quiso cerciorarse S.

Me encogí de hombros. Yo no había estado realmente en la nueva casa de A. N. Quiero decir: había estado cien veces pero mucho antes de que fuera una verdadera casa. A posteriori de la mudanza que ya he mencionado, compró un piso de segunda mano y, lo que en principio iban a ser dos o tres retoques, acabó en una ardua e inacabable reforma que no llegué a ver completada pese a haber estado casi un año a pie de obra y no sólo como plausible consorte sino bastante más implicado: presupuestos, elección de materiales, decoración, distribución, licencias y hasta un intrincado esclarecimiento del tendido eléctrico y la canalización de aguas fecales. Entretenidísimo y muy ilustrativo. Cuando rompimos, como digo, la casa estaba muy avanzada pero aún inhabitable y, después, cuando supe que finalmente se había instalado solo entre aquellas cuatro paredes en las que, aquí y allá, se había infiltrado mi entrometido criterio, y donde habíamos proyectado incansables escenas de arrobo o de normal convivir, me llenaba de algo así como de una futurible nostalgia, si puede existir tal cosa. Yo había propuesto tercamente el alicatado del baño y nunca, jamás, sería amorosamente asediado contra aquella pared entre los vapores de la bañera. Era triste pensarlo. E inútil.
No estoy dispuesta a llamarle, me advertía S. No puedo presentarme en su casa y decirle: hola, ¿qué tal?, vengo a husmear.
Tenía razón: también se había suspendido el contacto entre ellos, sostenido sólo durante el tiempo de nuestra relación y sólo debido al indebido encaje que uno suele hacer entre pareja y amistades. Así que estaba pidiéndole demasiado a S., que removía entre retada y tensa su té y me preguntaba:
¿Has enviado a alguien a mi casa también para ver si yo no tengo el libro?, se admiraba.
La verdad era que sí y contaba con el descargo de un buen reporte: el libro estaba en sus estanterías y, justo por eso, quería contar con ella para el disparatado encargo.
Podemos hacerlo de otra manera, comencé a aventurar: él hace mucho que no sabe nada de ti. No tiene que saber de qué trabajas. Puedes aparecer en su casa como por casualidad, fingir una sorpresa eufórica por la coincidencia y ver si te invita a un café y sólo tienes que echar un vistazo a la estantería.
¿Aparecer por casualidad en un cuarto piso?
Puedes decir que trabajas de comercial de telefonía a puerta fría. Te conseguiré una carpeta.
¿Una carpeta?
Una carpeta.
Vi en sus ojos (siempre audaces) que contrapesaba la ridiculez de aquel embrollo con la lógica tentación del protagonismo. Parecía preocuparle mucho aquella carpeta pero, por lo demás, la vi bastante afín al reto que comenzaba a formalizarse más o menos cabal. Iba a bastar con pasar del té a la cerveza para ultimar detalles.
¿Y cómo me hago el pelo?, me preguntaba tres cuartos de hora más tarde.

Ensayamos espinosamente el encuentro un par de veces. Era prioritario que tuviera a mano el abecé esquemático del comercial de telefonía, alguna noción no aberrante de tarifas y minutaje y, ante todo, pudiera fingir una sorpresa sincera, dulcificada y exquisitamente incitadora, lo suficientemente para que el sospechoso tuviera a bien franquearle el paso a su nueva, incógnita, intimidad. Si la cosa no iba bien, tenía que improvisar un amago de lipotimia, a fin de ser de inmediato colocada en un sofá desde el que tener ángulo franco de una estantería que tampoco sabíamos a ciencia cierta dónde podía estar en el pasable plano del piso que nos habíamos figurado. Pero tras los ensayos, confiábamos ambos en que, si bien la cosa no podía salir bien del todo, era poco probable que alcanzáramos tal descalabro que la reputación de ambos se viera puesta en liza.
Así que determinado día comunicábamos al teléfono, ella apostada al soportal de la casa de A. N. y yo en un bar cercano, con la buscada certidumbre de que el sospechoso se hallaba en casa (había luz y era última hora de la tarde).
Creo que voy a llamar primero a otro timbre, me decía. Una vez dentro del edificio, parecerá que en efecto he ido de puerta en puerta.
Sin pensarlo mucho, convine. Suspendimos la comunicación, hechos a que la suerte, en lo concerniente a aquella misión, estaba echada (expelida); pero mi teléfono sonó de nuevo a los dos minutos:
¿Qué pasa?, pregunté.
No me abren, gruñó S.
¿Quién?
Una señora mayor. Dice que tiene permanencia con otra compañía.
Prueba con otro timbre.
No contestan.
Debe haber más timbres.
Espera, concluyó. La imaginaba recolocándose la carpeta bien cruzada ante el pecho impertérrito y enfrentado de nuevo el panel del portero automático. La oí balbucir la esbozada monserga y, por fin, se zanjó el asunto con el zumbido de aquella maldita puerta.
Ya está, concluyó S., tenuemente heroica.
Colgué el teléfono y me avine a esperar. El relato del desarrollo de los hechos me llegaría una hora después a la mesa de aquel mismo bar en el que había una tragaperras. Una señora de cierta edad estaba arrimada a la máquina como a un indeciso compañero de baile; tomaba un trago de un combinado y desmayadamente volvía a probar suerte echando unas inacabables monedas. Y no había en su rostro ninguna, ninguna, ninguna esperanza.

Una hora más tarde, S. hacía irrupción en el bar, con la carpeta aún cruzada sobre el pecho (como si en verdad guareciera alguna taquicárdica aprensión) y poca prisa por darme reporte de cuanto había ocurrido. Juzgó por contra prioritario dirigirse al camarero:
Un whisky, por favor.
Sólo cuando le fue servida la copa se avino a sentarse ante mí, recuperar en las mejillas algún aliviado color y apañarse para, tras largos buches del espirituoso, dar temple al relato que encauzaba con este prolegómeno:
Ha dicho que sí.
¿Que sí qué?
Que se cambia de compañía.
¿Qué dices?
No, sé, estoy muy nerviosa. Tengo que llevarle un contrato. No había contrato en la carpeta. Soy una comercial de telefonía pero no llevo contratos encima, gruñó arrojando la carpeta sobre la mesa. Me toca volver otro día, y clavó sus ojos en mí y seguramente no en particular halago de mi árbol genealógico.
Pero... fui a decir, lo que se vio interrumpido por el escopetazo (menos metafórico de lo que se podría imaginar) de salida de lo que iba a ser el detalle completo de su confusa hazaña, que comenzaba así:
Me ha abierto la puerta su novio.
¿Su novio?
Viven juntos.
Ah, asumí tenuemente.
Había habido pues esta fundamental contrariedad, contemplada con nula suficiencia en nuestra peripuesta maquinación. S. se había visto obligada a la premiere de sus dotes interpretativas con un espectador no sólo nada previsto sino además infructífero. Lo que ella creía que iba a dirimirse con un simple: ¡qué casualidad! y una mención sólo tangencial de su coartada, se convertía de pronto en la esforzada, aguda y prolija escenificación de ésta, a lo que vendría a ayudar poco la inmediata adición de un perrito enfurruñado que, a medio camino entre los pies de su amo y un ataque encarnizado contra las botas de S. contemporizó su titubeante discurso con una insufrible matraca de ladridos.
Se llama Yupanqui, me notificaba ahora.
¿Es extranjero?
¿Quién?
El novio.
¡El perro!
¿El perro es extranjero?
¡El perro se llama Yupanqui, coño! ¿Cómo va a llamarse Yupanqui un novio?
Convine con una sonrisa incierta.
Dios mío, no sé nada de teléfonos, me recriminaba S. He tenido que soltarle todo el rollo sin tener ni idea, ¿qué es la maldita portabilidad? ¿que le llevas el móvil a su casa? No entiendo nada. Creo que le he dicho que hacía portabilidad en la puerta. O de puerta a puerta, no me acuerdo. ¡Ha sido un desastre!
¿Y cómo es, es guapo?, me interesé.
¿Qué importa eso? He hecho el ridículo de mi vida.
¿Y A. no estaba?
Estaba adentro.
¿Y qué has hecho?
Dios mío, ha sido horrible.
Como vi que tardaría en hilar convenientemente el relato, me entregué a la imaginación necesaria ya no de la escena, sino de su contexto inesperado: A. N. había rehecho su vida, tenía a alguien a quien asediar rutinariamente contra "mis" azulejos entre el vapor de la bañera. Yo sólo quería saber qué demonios había pasado con mi libro y ahora tenía que ejercitarme en el desaconsejable deporte mental de imaginar el rumbo benigno de la nueva vida de A. N. y no podía dejar de sentir una desazón inmediata, pues estos indicios que tan furtivamente me llegaban confeccionaban un paisaje bastante más alcista que el mío propio pero también mejor paramentado que el que habíamos alcanzado en nuestra relación. Azulejos y vapor aparte, una cotidianeidad fluida y envidiable se destilaba de la imagen de aquel compañero abriendo la puerta del piso en pantuflas junto al tranquilizador asedio de un perrillo receloso, mientras A. N. debía andar ultimando en la cocina una cena más o menos delicada, pues cocinaba excepcionalmente. Y yo estaba en un bar encajando los gajes de mis ociosas maquinaciones, en absoluto dispensado de ello por no otra cosa que otra ruptura reciente, la ausencia de prole (y de perrillo), mi habitual disipación laboral y, en fin, el rumbo incierto de mi propia vida descabelladamente solo y con una vida sexual lamentable (sin vaho ni azulejos).
¿Qué diablos es un giga? ¡No entiendo nada!, continuaba lamentándose S. ¿Y el tráfico, qué tráfico? ¡No trafico con móviles! ¡Se supone que estoy homologada o algo así! ¡Llevo una carpeta!
¿Qué había ocurrido pues después de que los titubeos comerciales de S. hubieran hecho aguas ante el nuevo compañero de A. N. sin oportunidad todavía de deslizar un pie más allá del rellano? ¿Había abordado la lipotimia, tal como habíamos previsto o el lógico nerviosismo la había abocado a alguna fatal improvisación?
Le he dicho que si podía mirar la antena.
¿Qué antena?
¡No sé! Se trataba de entrar en el maldito piso y que A. me viera.
¿Y te ha dejado entrar?
Asomarme sí.
¿Y A. te ha visto?
Había pues pretextado convenientemente la necesidad imperiosa de trasladar su nariz más allá del umbral y hacerse ver por A. El novio, algo circunspecto, había condescendido medianamente, haciéndose cargo de las tribulaciones imprecisas de una persona con la mala suerte de trabajar a comisión. Así había sido como, en aquel suspense en que S. fisgaba al tuntún en el doquier del piso (lo tienen muy mono, la verdad), los ladridos del perrillo saturaban aquel departir y el novio se apartaba lo justo, A. N. había en efecto descubierto a S., para inmediato alivio de ésta.
Tampoco ha hecho mucho aspaviento, me detallaba ahora.
Nunca ha sido de aspavientos, tuve que convenir.
Total, se me ha acercado, me ha dado dos besos y por fin me han dejado entrar. He soltado otra vez el rollo del teléfono y...
Pero está claro que viven juntos, quise cerciorarme.
Sí, gruñó S. ¿Puedo seguir?
No es un ligue y ya está, quise recabar.
Vamos a ver, el perro es de él, del otro, no de A., y lo tienen en el piso. Y él iba en pantuflas y tenían la mesa puesta para cenar. Él es fisioterapeuta. Me ha dicho que se me nota tensionada.
Fisioterapeuta, convine.
¿Puedo seguir?
Sí, sí.
A renglón seguido había sido emplazada en un sofá convenientemente envidiable. Para su alivio había podido dejar (bocabajo) la carpeta fuera de la vista y entregarse más resuelta a la celebración de la impagable coincidencia de verse reunidos por un azar que, implicando las técnicas comerciales de la telefonía, al propio Graham Bell si se quiere, la incorporación al trabajo de la mujer y sus precedentes históricas reivindicaciones, el plan de reurbanización municipal y sencillamente el hado, pero nunca y jamás a mi persona, les dejaba en situación de carear cómo les iba o les dejaba de ir. Era en esta coyuntura más laxa cuando S. debía ejercitar sus cervicales con soltura suficiente para columbrar con disimulo dónde diablos podían tener los libros. Sin embargo, yo tenía más curiosidad por lo que podían haber hablado, a fin de saber si era interpretable del sesgo anímico de A. N. la posibilidad de que hubiera sido él el autor de la devolución.
Yo le he visto muy bien. No hemos hablado de ti para nada.
¿No habéis hablado de mí?, pregunté sin poder evitar sobrecogerme.
No, la verdad. Hemos hablado de la vida y luego de teléfonos. Ya te digo que le he visto estupendo. Me ha preguntado por los niños.
¿Qué niños?
La verdad es que no lo sé.
Y era cierto que S. no tenía niños en ningún plausible sentido.
¿No ves que tampoco hablábamos tanto cuando coincidíamos? Pero le he dicho que los tengo estupendos, cada uno ya con su móvil, por si les acosan por teléfono. Han ido al Tibet.
¿Quién?
Los niños, no. Ellos. En verano. Tienen fotos por todas partes.
Caray, me admiré.
Se me hacía ya desaconsejable abundar en la visión de aquella pareja tan bien acordada. El Tibet tampoco me reportaba mucho más que frío, un inexplicable olor a heno y un ridículo sonsonete de gong, así que conminé a S. a esclarecerme por fin si había visto o no el libro.
La estantería está lejos del sofá y ya sabes que no tengo buena vista.
Pero podías levantarte para ir al baño o simplemente para mirar.
¿Sí? ¿Con qué excusa va una a una estantería?
Quedamos inciertos ante tan bellaca imposibilidad táctica. ¿No había podido verificar, entonces, la presencia del libro? Sólo se le había ocurrido, sin dejar por ello de fingirse cautiva de la conversación, bascular la cabeza de un lado a otro como en maravillada peritación de aquel hogar de ensueño y, por fin posando la mirada en punto concreto y alzando transida las cejas, había dicho:
Qué maravilla de estantería. Llevo siglos buscando una así. Por los niños.
Sin mayor aclaración, se había levantado como fuertemente atraída por aquel inverosímil concurso de diseño, robustez, funcionalidad, prestaciones y acabado y se había arrimado para hacer constatación táctil de lo que en realidad era una estantería ramplona, con sus normales anaqueles o baldas o estantes o como debiera llamarse, que sin duda es todo la misma cosa. Había repiqueteado con los nudillos en un lateral, en aprecio de una madera sencillamente dudosa, había acariciado intrigada la pátina del barniz (vulgarísimo) y, finalmente, se había alejado unos pasos para visionar mejor el conjunto (y todo el tropel de lomos de libros que se exhibían) con un mirar avezado (y supersónico) pero presuntamente satisfecho. Pronto había sonado a sus espaldas el carraspeo intrigado de sus anfitriones, pero no podía hacer menos que seguir repasando los títulos a toda pastilla.
¿Y estaba?
Deben tener trescientos libros, suspiró saturada.
Ya, pero ¿estaba o no?
Ha ocurrido algo increíble.
¿El qué?
Cuando vacilaba entre el desprendimiento de retina y el derrame cerebral en el reseguido interminable de los títulos, había quedado tan aliviada como boquiabierta al reparar por fin en un significativo hallazgo. Le había resultado tan incomprensible que no había podido por menos que delatarse al acercarse al particular rincón que se le hacía tan relevante. A. N. se había dado cuenta.
Había dos.
¿Dos?
Dos ejemplares.
Me quedé perplejo. No recordaba en absoluto haberle dado dos ejemplares a A. N. No hubiera tenido ningún sentido. Como S. tentaba ya aquella parte de la estantería, A. N. se había levantado del sofá, se había acercado y, quizás al quedar así cernido, ambos habían permanecido parejamente absortos ante la visión de los ejemplares gemelos. Reparaban, al fin y al cabo, en la única muestra presente, material, de porqué dos personas tan distintas como ellos (ella demasiado locuaz y él un poco más taciturno) se habían conocido. Quizás era incluso un momento nostálgico e infinitamente sutil, aunque fuera precisamente la duplicación del libro lo que necesitara aclaración. A. N. había entresacado ambos ejemplares y había dicho:
Uno es mío, el otro es de Nacho.
Había señalado vagamente hacia el sofá, donde permanecía su novio, con uno de aquellos ademanes tan parsimoniosos que tenía y había sonreído a éste con una deslavazada ceremonia.
Fue lo primero que le regalé cuando empezamos a salir. Me costó un montón encontrarlo, está descatalogado.
S. había bizqueado por las posibles implicaciones ya no de aquella declaración sino del eco que en mí tendría; pero por fin había podido apartar la vista de la estantería.
¿Lo has leído?, le había preguntado a Nacho, un poco por decir algo.
El aludido había afirmado tenuemente.
Yo ahora no podía evitar figurarme a A. N. en el momento en el que ya habíamos roto y comenzaba a prendarse de aquel desconocido y había buscado en librerías y también en internet y, después, le había regalado "mi" libro a su nuevo amante. Le habría dicho que lo había escrito un amigo, como si sólo aquel énfasis pudiera dar idea de la calidad del regalo. ¿Le había gustado a Nacho el libro? Qué importaba:
después, en algún punto, todos los libros de ambos se habían juntado como promiscuamente se mezclan los rebaños de dos pastores hasta el punto de que después ya no se sabe si churras o merinas eran de uno o de otro, así pasa con los gustos e incluso con las ideas cuando se comparte cama.
Más descansada, S. había podido volver al sofá para sacar otra vez lustre a las ventajas supuestas de cambiarse de operador telefónico. Quizás le habían dicho que ambos se cambiarían, aunque sólo por favorecerla y sólo para abreviar al fin el fortuito encuentro (la cena debía estar enfriándose miserablemente). Con sonrisas y parabienes, había quedado dispensada de más charla. A poco la despedían en el rellano, con el perrillo moviendo la cola. Ella volvería otro día con los contratos y tomarían un té y podrían charlar más tranquilamente.
¿Ahora qué hago?, me atosigaba S. No pienso volver a ese piso.
Yo no sabía qué decirle. En realidad ya no me importaba. Sólo pensaba en si el tal Nacho le había dicho alguna vez a A. N. qué le había parecido el libro, puesto que se espera algo así cuando se hace un regalo en la tesitura de los primeros encuentros. Y no podía figurarme qué había ocurrido entonces, qué palabras se habían dicho. Y pensaba también en los dos ejemplares apretados juntitos en la estantería. Y pensaba que iba a tener que pagarle muchas copas a S. y también pensaba que tenía que tachar al primer sospechoso de la lista. Y también, como en el verso de e. e. cummings, escuchaba un pájaro cantar terriblemente lejos en las tierras baldías.

 



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Última actualización el Jueves, 17 de Mayo de 2018 08:37
 

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