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la devolución (2) PDF Imprimir E-mail

En paralelo a mis peregrinas elucubraciones, sin embargo, ideé también algo similar a un plan práctico de esclarecimiento. Vendría a ser lo que un detective llama trabajo de campo, aunque, a decir verdad, en mi caso ha sido una labor más casual que disciplinada (además de poco trabajosa, en realidad, y en absoluto campestre). Quiero decir que he ido a las casas.

Sin apenas decidirlo, cuando ha venido dado por el corriente visiteo o por la casualidad o por el fortuito capricho de visitar a alguien en concreto, he mirado en las estanterías en busca de la tranquilizadora presencia del libro, como si ya no me fiara de nadie o, es más: pudiera atribuir a la peculiar devolución del libro una causa tan rebuscada que ésta tuviera que ocultarse más allá del cabal entendimiento que tengo de las personas a las que conozco (o creo conocer). He mirado, pues, furtivamente en los estantes, incluso en casa de mi madre: descubrir el ejemplar que (con un tibio orgullo maternal) fue en su momento depositado junto a un diccionario enciclopédico (poca bibliografía hay más en una casa en la que se ha leído tan poco), fue culpablemente tranquilizador.
Pero lo he hecho también en las cenas en casas de amigos a los que he visitado recientemente, y también he hecho visitas ex profeso, aunque he tenido a bien callármelo. De pronto, me han descubierto echando un afilado vistazo a sus estanterías, haciendo por furtivamente localizar el lomo del libro que conozco tan bien.
¿Me estás escuchando?, me han preguntado.
Sí, claro, he convenido un poco al azar, absorto en el escrutinio de un balda tras otra.
Para mi alivio, no he tenido (por el momento) que alertarme en ninguna de estas casas por la ausencia del libro donde se hacía previsible, pero, por eso mismo, ha sido una labor un poco estéril.

En el talk show de mis insomnios, sigo pesando pues en A. N. como posible sospechoso. Le imagino perfectamente formalizando el gesto: forcejeando lamentable y embutiendo el ejemplar bajo la puerta, en inspirado esfuerzo de (por así decirlo) reparación ética: hace años yo metí todos sus regalos en un altillo y se los bajé a la calle.
Le di el libro muy al principio de nuestra relación y apenas sonrió mundanal, como haciendo ver que venía habitualmente teniendo líos con gente que escribe libros largos, los publica y se los dan. Como las primeras semanas de un romance parecen a veces las fundamentales, se me metió en la cabeza que la lectura del libro por su parte corría paralela a la seducción mutua y a esa incierta vocación de afianzamiento que parecíamos buscar tras los primeros encuentros. Que cierto pasaje del libro le aburriera podía ser tan desalentador como que se me escapara un eructo cenando en una de nuestras primeras escenas de restaurante. Por mi parte, yo no le preguntaba, pero él tampoco daba muestra de haber comenzado el libro ni de andar formándose una opinión de mi discutible talento. Quizás no le estaba gustando y hacérmelo saber le hubiera supuesto una desaconsejable metedura de pata. Ambos nos cuidábamos mucho de eructar, pues. Paradójicamente, el romance iba viento en popa, a excepción de esa pequeña incógnita en torno al libro.
El caso es que, respecto a la novela, haciendo ya tanto tiempo de su publicación y del empacho relativo de tibias críticas, educadas sonrisas y franco desinterés que tuve entonces, después ya poco me ha importado lo que cualquier lector opine respecto al libro. Hasta mi propia opinión ha pasado a importarme poco. También la opinión que tengo de la opinión de los demás. E incluso la opinión de la gente sobre mi opinión de sus opiniones. Pero, hete aquí que con A. N. (tan culto él y buen lector), si bien con el tiempo tuvo que dejar de importarme su opinión figurada sobre el libro (lo estuviera leyendo o no), sí que cobró una importancia radical el hecho de que admitiera estar leyéndolo, haberlo leído o querer hacerlo más o menos pronto. No me imaginaba reprochándole mucho más adelante, en el ámbito de una sólida relación de pareja: ¡no me lees!, como quien dice: ¡ya nunca me besas!. Cuando una amiga le prestó La solitudine dei numeri primi y le vi de inmediato inmerso en su lectura, el asunto cobró tintes de tragedia. Literariamente hablando, me estaba poniendo los cuernos ante mis propias narices.
Tuve que afinar mi sentido de la oportunidad para enfrentar el tema y esclarecer algo: cuando decidió mudarse de piso, allí estaba yo providencialmente ayudándole a vaciar sus estanterías y meter sus libros en cajas. Cuando llegó el momento de coger mi novela (debíamos llevar juntos ya un año) y echarla en una de aquellas cajas de supermercado, carraspeé todo lo fuerte que pude (él estaba sumido en una oscura vacilación con unos CDs), soplé el polvo que se había acumulado sobre las guardas y fingí sopesar intenso el ejemplar como si aquello me reportara prolijos recuerdos, esperando que él me echara un vistazo y tuviera algo que decir. No dijo nada (seguía con los CDs). Cuando ya estaba yo a punto de lamentar no haber (en vez de escrito un libro) grabado en su momento un disco de villancicos que pudiera formar parte del montón que él escrutaba, se me ocurrió otra estrategia:
Ah, no me acordaba de que te lo di, dije fortuito.
Por fin levantó los ojos de los malditos CDs y me miró con una perfecta síntesis de lo que la mudanza en sí reportaba: aburridísima incertidumbre.
Ah, sí, tu libro, se limitó a constatar.
En primer lugar: no era meramente un libro, sino una novela; quiero decir que no era tan fácilmente categorizable como algún que otro manual de jardinería o de sexo tántrico que ya estaban en la caja. En segundo lugar: ¿qué significaba aquel "tu"? Quiero decir: el libro era "suyo", no "mío". Había una ambigüedad rastrera en el uso del posesivo. Era verdad que era "mi" libro (yo lo había escrito), pero el subrayado debía caer en que yo se lo había dado y formaba parte de "sus" pertenencias y, por tanto, de "su" responsabilidad. En tercer lugar: había dicho aquella frase con el mismo ángel que si hubiera dicho: Ah, sí, el cenicero (él no fumaba y sólo había cenicero para mi y las visitas). En resumen, no sólo me entraron ganas de (aparte de fumar) prender fuego a todo (particularmente a los CDs y a su persona), sino la imperiosa urgencia por aclarar de una vez por todas aquella diminuta pero insoportable arista interpuesta entre nosotros desde el primer momento.
¿Qué te pareció?, pregunté con cierta ronquera.
¿El qué?
La novela, tuve que aclarar.
Le vi pensativo, aborto en una especie de ardua gestión mental (casi estreñida).
Está bien, sentenció al cabo sin ningún calor.
¿Está bien?, me interesé.
El se encogió de hombros y sonrió conclusivo. Acabábamos de esclarecer, al menos, que sí la había leído o que, al menos, convenía a hacérmelo creer. Un año de relación y cuanto estaba dispuesto a admitir del libro era que "estaba bien"; contestaba exactamente lo mismo (y con el mismo tono deslavazado) cuando alguien se interesaba por la salud de una tía suya muy anciana y sensatamente achacosa.
A continuación, incapaz de insistir, me dediqué a seguir echando libros a la caja ahora con muy gráfico encono, como si amontonara el vasto consumible de una hoguera y no, precisamente, todos aquellos volúmenes que indultábamos.

Fue precisamente a A. N. a quien yo le mencioné a R. por teléfono el mismo día de la aparición del libro en el portal. R. y yo estábamos inmersos en un proceso de educada ruptura tras dos años de relación: le dije lo que había ocurrido e intenté trasmitirle mi inquietud. Él sí había leído el libro nada más dárselo; tenía pues su ejemplar dedicado. Apenas comentado el particular, ni carraspeó antes de decir:
Yo no he sido.
Y fue en ese momento cuando pensé en A. N. Si R. inmediatamente daba fortuito en desmarcarse de la lista de sospechosos (como ex novio tibiamente hostil), debía alumbrarse la idea de precisamente priorizar en la lista a todo el grueso de plausibles ex novios hostiles, pero ¿tanto tiempo después de las correspondientes rupturas? Pero quizás A. N., por lo que cuento, había tardado mucho más tiempo en dotar al libro de significado y era en efecto plausible que el gesto de la devolución se hubiera demorado tantísimo en el completo protocolo de su resarcimiento emocional. Sí, en él era factible: la reacción de R. me había hecho verlo.
Porque A. N. era desconcertante, deliciosamente lento. Cuando discutíamos, tardaba una media de diez días en darse por aludido. Cuando rompimos, tardó más de una semana en entender que en efecto habíamos roto y lo habíamos hecho específicamente, esto es: yo con él. Tardó dos meses en asumirlo y cuatro en arrepentirse, otros dos en replantearlo y otros tres en resignarse. Así que puede ser que haya tardado tres años en dar sentido a desprenderse del libro. Qué moroso proceso haya podido ir goteando en su cabeza durante todo ese lapso, se vuelve tan elástico que me resulta inaprehensible. Pasa lo mismo que en una película de Oliveira, por carnoso que sea el argumento.
En la ruptura yo había sido desesperadamente atroz y melodramático: ante sus narices (él pasaba unos días en mi casa, ya no recuerdo por qué), tras un rifirrafe más o menos deliberado (había que romper aquí y ahora) y sin otro motivo que el desgaste emocional repentinamente eclosionado, (ante sus propias narices, digo) me puse en locos zarpazos a componer una especie de hatillo con cuanto de él había en mi casa: regalos que me había hecho, cosas que había servido la puntual convivencia, pertenencias suyas que había entre las mías y, en fin, todas sus cosas, como si quisiera mostrarle muy gráficamente lo que iba a ser una expulsión de mi vida (NO INTENTEN HACER ESTO EN SUS CASAS). Después (todavía ante sus narices), saqué aquel bulto al rellano y quedé a la espera de que con poca explicación él hiciera lo propio (sacarse por sí solo al rellano). Yo lloraba extremo y en él simplemente comenzaba ese moroso germen que mucho tiempo después florecería en una reacción inverosímilmente tardía. Lo que quiero decir es que, en aquel furor, decidí devolverle todas sus cosas y así lo hice (inmediata, disparatadamente). Era la medida de nuestra intensidad o, al menos, de mi intensidad en torno a lo nuestro. Y lo digo a modo de disculpa.
¿Quiso pues devolverme el libro tanto tiempo después, en revancha de mi proceder, en equitativa respuesta? ¿Cómo saberlo? ¿Y por qué sólo el libro, cuando estoy seguro de que conserva (no sé si bien o mal) otras cosas que yo le di? Quizás el libro porque es lo único mío-suyo, no lo sé. O quizás el libro porque, pese a mi desenfocada susceptibilidad, sí que lo había leído y apreciado o al menos dotado del sentido que yo había estado todo el tiempo deslizando desde el momento en que se lo di. Pero vayamos al meollo: aunque un detalle me disuadía (y este es: creía recordar vagamente, o se me hacía necesario así creerlo, que al dárselo tendría que haberle dedicado el ejemplar; y el ejemplar devuelto no tenía dedicatoria), tenía que asegurarme de que A. N. no era el remitente de la odiosa devolución. ¿Cómo hacerlo? ¿Podía husmear en su casa? Habíamos perdido el contacto a consecuencia de tan espinosa ruptura y yo me había desentendido (acobardado) de sus tenues tentativas (previsiblemente tardías) por retomarlo. ¿Cómo hacerlo, pues? ¿Telefonearle y preguntárselo? ¿Iba a admitirlo, si había fraguado el gesto en perfecto anonimato? ¿Si lo había hecho con algún tipo de radical simbolismo, iba a querer comentarlo por teléfono? Había escasas posibilidades de que así fuera. Así pues no me quedaba otra opción que ingeniármelas para tener constatación de si el libro seguía o no en las estanterías de su nueva casa. E iba a elaborar una burda estrategia para así hacerlo. Y si es para algo para lo que uno tiene amigos, es para convenir a este tipo de inconfesables estratagemas, como pronto se esclarecerá aquí.

 



* Más en in progress · Más en la devolución
Última actualización el Lunes, 16 de Abril de 2018 09:16
 

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