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Viktoria Louse Platz

Debía hacer, en efecto, aquel tiempo del todo benigno que permitía permanecer desnudos en el tejado.
El apartamento consistía en una estructura escalonada de una planta y varios altillos, rematados a su vez por la terraza y el tejado superior, en el que había un par de desvencijadas hamacas.
Ocupábamos la cama grande del altillo. Para llegar al tejado, debíamos descender las breves escaleras, cruzar el espacio enmoquetado del salón, después la cocina, salir a la terraza y, desde ahí, subir las escaleras metálicas que daban acceso al tejado.

Debía hacer, en efecto, aquel tiempo del todo benigno que permitía permanecer desnudos en el tejado.
El apartamento consistía en una estructura escalonada de una planta y varios altillos, rematados a su vez por la terraza y el tejado superior, en el que había un par de desvencijadas hamacas.
Ocupábamos la cama grande del altillo. Para llegar al tejado, debíamos descender las breves escaleras, cruzar el espacio enmoquetado del salón, después la cocina, salir a la terraza y, desde ahí, subir las escaleras metálicas que daban acceso al tejado.
Llevábamos dos, tres días reñidos. Él se había quedado en Siena, yo había viajado a Roma en compañía de mis amigas.
Tras la somera reconciliación, habíamos subido al piso. Había caído la noche. Y, finalmente, ocupábamos la cama con muchas ganas de hacer el amor, con esa sensación densa de una reconciliación no del todo rubricada, no del todo eficiente, como si todavía callásemos cosas que competían más a nuestros cuerpos, a su deliberada proximidad bajo las sábanas.
Fui yo quién le pedí que subiésemos a las hamacas del tejado. No hubo nada inmediato, puesto que las hamacas eran incómodas, el suelo estaba sucio, no hacía tampoco el calor que adentro se prometía. Pero nos besamos, y nos acariciamos y de pronto todo era tan explícito como en una alcoba cerrada. Y mientras ocurría, descubrí la tormenta desencadenarse sobre los tejados, sobre las vetustas edificaciones. Los relámpagos encendían el vientre de las nubes. Las nubes parecían por si mismas estallar por doquier, sin que se escapara todavía ni una gota de lluvia. Los truenos eran todavía muy lejanos. El viento era metálico y punzante, como si amenazara con imponer, sobre el polvo de las calles, las fachadas y los tejados, un tendido electrificado, férrico y atosigante.
Yo veía la tormenta. Hacía convencionalmente el amor y veía la tormenta seguramente lejana aún pero tan monumental que sus estallidos parecían amenazar muy vivamente nuestras pieles desnudas, nuestra flexible indecencia.
Cuando volviéramos adentro, se declararía la lluvia; pero hasta ese momento, entre la ceremonia del amor: la inconmensurable pirotecnia de aquel miedo absorto. De aquel pánico incomprensible, inexpresable. Nuestros cuerpos estivales azotados por el viento. Nuestro humor turístico, repentinamente atónito. La sensación de estar copulando muy medrosamente, como animalillos acorralados por un primer signo de apocalipsis que no comprenden. Ni nuestros cuerpos comprendían, ni mi amante lo comprendía tampoco. Tan sólo mi alma enfrentada al espectáculo cautivante, propietario, de aquella brutalidad natural.
Después, todo acabó, estalló la tormenta por fin, y volvimos adentro.



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Última actualización el Lunes, 16 de Abril de 2018 09:05
 

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