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Viktoria Louse Platz

Tuve uno de esos accesos de desagradable lucidez en que alumbrar que tu pareja no es más que mamífero corrientemente miserable, obligadamente arribista, interesado, celoso de lo propio, desdeñoso con lo ajeno y, algunas veces (muy probablemente), tentado por lo de un tercero. Nuestro amor fracasaba, en fin. O, al menos, la parte optimista de mi propia implicación en el meollo incierto de nuestro
entente. Quizás fue, pues, por pudor más que por malicia o rabia por lo que aparté rotundamente la vista de él y la clavé en alguna parte no personal de la estación de metro, concretamente Viktoria Louise Platz, en Berlín. Debíamos haber estado ya en una veintena de aquellas estaciones, no particularmente similares, y averiguado que las distintas líneas y las zonas que atravesaban, aportaban la singularidad de aquellos subterráneos, aquí modernos y remozados, allá con aquel encanto caduco y rígido de la arquitectura civil del periodo comunista, éste último poco lustroso en detalles, por lo que mi poca opción se reducía a clavar los ojos en una pilastra revestida con azulejos biselados en la que habían pegado algún aviso.
Como el metro no llegaba (no el nuestro), y me negaba frontalmente a hablar con A., me levanté ocioso y sólo después de dar cuatro pasos de aquí para allá, no pude sino examinar la pilastra más de cerca, como si quisiera hacer plausible que un interés repentino por ella hubiera sido lo que me había hecho apartar la vista y levantarme, y no necesariamente nuestra discusión en absoluto acabada. No recuerdo porqué discutíamos, a decir verdad. Sólo sé que me sentía decepcionado y allí estaba aquella pilastra y aquel pequeño aviso fijado con cuatro tiras de adhesivo. Y la palabra Lieber encabezando el texto, escrito de puño y letra, como suele decirse, de cabo a rabo. Me pareció verdadero vintage.
Reseguí peregrino todo el texto, animado por la connivencia repentina de mis nociones de alemán. El texto decía más o menos lo siguiente:
"Querida desconocida vista aquí la tarde del lunes 20 de julio con una chaqueta de punto azul y una carpeta muy grande (de dibujo). Eres rubia y hablabas con una amiga con el pelo negro y corto y nos miramos varias veces. Hiciste algo con la carpeta y estuvo a punto de abrirse y, por el peso de la tapa, creo que tus dibujos o planos estuvieron a punto de caerse al suelo y me miraste roja de vergüenza. Después llegó el metro y adiós. No me atreví a decirte nada pero, si siempre coges el metro aquí y lees esto, te pido por favor que nos volvamos a ver el día 20 de agosto justo aquí a las 6 de la tarde. ¿Qué tienes que perder? Prometo que no tienes nada que perder. Un admirador ilusionado".
Estábamos a 18 de agosto, recopilé ágilmente. Y aquel aviso en la estación de metro de Viktoria Louise Platz era repentinamente no sólo lo más relevante y emotivo que había leído en años sino algo tan exacta, punzante y crudamente opuesto a lo que yo sentía en aquel momento, que me asaltó una especie de mareo. Aquello era singularmente hermoso, exacto y necesario. Y nosotros, ya no.



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Última actualización el Lunes, 16 de Abril de 2018 09:15
 

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